A Adriana no le gusta que mastique sus plantas. Por eso las esconde, las encierra, las aleja de mí y me riñe si me les acerco demasiado. Eso es... entretenido. Pero el martes cambió la estrategia: trajo un manojo de hierba y me lo dió, como compensación, quizá.
Es rico y huele bien. Pero sólo jugaré con él cuando ella no esté en casa.
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